miércoles, 8 de junio de 2011

We belong togheter.




El amor no ha sido malo conmigo, me eh sentido querido, y eh querido. Pero sinceramente no sé si alguna vez he amado, creo que el hecho de dudarlo me da la respuesta. Y es que me pregunto ¿si alguna vez lo he dado todo? Y sinceramente creo que no, sé que puedo dar mucho mas, pero no me he sentido tan libre de dar como me siento en estos momentos. Casi, casi siento que el “amar” crece dentro de mí. Curiosamente creo que a la primer persona que empiezo a amar es a mí. Esta trillado, pero a lo empiezo a creer. Podré amar a medida que me ame yo mismo.

Para mí el amor era la sensación que te deja una película chick flick tipo el diario de diario de Bridget Jones o la de La verdad acerca de los perros y gatos, lo que se siente cuando se escucha Unchained Melody de los Righteous Brothers, Something de The Beatles y We Belong Together de Ritchie Valens.

Ahorita eso ha cambiado, pero sabre que mi mujer es mi mujer, cuando pueda libremente, sin temor, sin verguenza, sin pena, sin pudor, con toda la libertad del mundo cantar desde mi corazon la rolita de Ritchie Valence, que ella me escuche como la chorreada escuchaba a pepe el toro. Entonces sabre que estoy amando y que soy correspondido.

To much music, to much movies.

viernes, 15 de abril de 2011

...me retuerzo en mi pensamientos, me ahogo en mi impaciencia, me pierdo en la inacción. ¿Cuándo llegara el fondo esperado? (cornetilla)
VARIABILIDAD CEREBRAL


La variabilidad cerebral se da en el momento que diferentes experiencias, vivencias, condiciones y circunstancias afectan el desarrollo de cada cerebro. La variabilidad cerebral se expresa en todos los aspectos de la vida, en las relaciones afectivas, laborales, profesionales, culturales. La variabilidad se expresa en cada actividad que llevamos a cabo. En cada conversación, discusión, en todos los acuerdos y desacuerdos, en cada interpretación de una lectura, en cada nota musical que escuchamos a lo largo del día. Durante mi infancia, fui un niño que no se canso jamás de preguntar ¿por qué? Y (y) en repetidas ocasiones fu cuestionado con un ¿ por qué? en mi afán por preguntar y no solamente obedecer. No lo puedo explicar, pero seguramente no se me prestaba atención, o las personas que me rodeaban no tenían ningún interés en enseñarme cosas, y tal vez fue esta la razón por la cual mi cerebro no podía dejar de preguntarse él ¿por qué? de las cosas. Finalmente fui condicionado, basado en violencia física y verbal, a dejar de expresar el ¿por qué? Esto no implicó que no me formulara mis propias respuestas y teorías con respecto a las interrogantes, llevando a que la variabilidad cerebral se manifestara de nueva cuenta en la adolescencia, cuando inexplicablemente me convertí en el famoso “contreras”; es decir, aquel hijo, primo, sobrino, que siempre lleva la contra en temas de conversación, gustos, y decisiones. Pasé la mayor parte de mi infancia en una comunidad muy estrecha, casi hermética a la influencia de la gran ciudad, prácticamente vivía en un pueblo. Cursé 4 años de escuela primaria compartiendo experiencias con los niños que crecí en el patio de juego de la comunidad, todo resultaba muy familiar. En el quinto año se integraron a mi clase una docena de niños que recién se mudaban a un desarrollo residencial que por años se construía en los campos abiertos cercanos a mi comunidad. Este hecho fue muy importante en lo que se refiere a las experiencias vividas, puesto que estos niños llegaron con actitudes diferentes, más agresivos, maleados. Experimenté, sin saber lo que era, el fenómeno del “bully”. Éramos muy diferentes, nada en mi experiencia anterior me había preparado para el primer puñetazo que recibí en mi rostro, ni siquiera los correctivos físicos de mis padres. Ahí pues, una expresión de la variabilidad cerebral. ¿Cómo dos niños de la misma edad, en el mismo grado escolar, pueden ser tan diferentes? Finalmente este niño, preadolescente sale de la comunidad estrecha, y se incorpora a una escuela secundaria donde los bully’s del grado anterior se quedan cortos. En esta etapa de mi vida descubrí que los compañeros de clase, eran preadolescentes de la ciudad, con gustos y preferencias modernas, nada de lo que había experimentado en mi vida hasta entonces era comparable con lo que vi en ellos, fui entonces el típico preadolescente tímido, serio y que quería pasar desapercibido. Mientras que la mayoría de mis compañeros eran audaces y agresivos. Desde que recuerdo he tenido el problema de la obesidad, pero fue hasta este punto que se manifestó como problema, nunca antes había experimentado rechazo, o burlas, no estaba preparado. Pero a diferencia de otros niños obesos, por alguna razón yo no me sentía inútil, podía jugar a todos los deportes, corría más rápido que más de la mitad de los niños delgados, bateaba la pelota de base-ball más lejos que casi todos los compañeros. Entiendo ahora que fue un conjunto de eventos y experiencias que me dieron la seguridad y la aptitud que otros niños obesos no tenían. La variabilidad cerebral se expresó en el momento que pude confrontar al peor de los bully’s de mi clase, algo en mis experiencias pasadas me permitió enfrentarlo, y a la vez este evento trajo una serie de cambios en la manera en cómo me trataban los demás, con respet y admiración. Al experimentar estas cosas sin duda alguna se convirtieron en piedras angulares de la variabilidad cerebral en años por venir. En mi familia, hablando de educación, hasta el momento no había quién hubiera pasado del nivel secundaria, y crecí escuchando relatos, y comentarios acerca de cómo fue que “X” no continuó con sus estudios, y mejor decidió trabajar. Por lo cual pienso que de alguna manera estuve predispuesto a desertar de la misma forma como lo hicieron mis antecesores. Sin embargo, al ingresar al bachillerato descubrí dos de las cosas que cambiaron mi vida por siempre, los besos de una mujer y la ejecución de un instrumento musical. Me pude mantener solamente tres semestres, hasta que estas dos grandes distracciones me llevaron a desertar. Todos en mi familia pensaban que ya era uno más de las estadísticas, porque efectivamente, después de desertar, me dediqué a trabajar. Pero a diferencia de mis antecesores, la variabilidad cerebral se expresa en el momento en que decidí que eso no era para mí, que yo no seguiría el camino de los que me precedieron. Tenia suficientes experiencias y ejemplos que tal vez mis familiares desertores no tuvieron. Gracias a esto pude regresar a la escuela y terminar el bachillerato. Haber conocido el trabajo duro, y mal remunerado, me hizo reflexionar sobre las ventajas de la preparación académica, me hizo buscar mentores dentro de la institución educativa que tal vez vieron en mi, una persona con otra actitud hacia el proceso de aprendizaje, y tal vez fue por eso que decidieron apoyarme en mi paso por el bachillerato. En esta etapa de mi vida, la variabilidad cerebral se expresó en el gusto musical, había pocos estudiantes con gustos afines a los míos, esto me permitió construir relaciones de amistad con otros estudiantes que escuchaban el mismo tipo de música que a mí me gustaba. Estas personas influyeron bastante en la música y literatura que a partir de esos momentos cambiarían el curso de mis creencias y costumbres. Aquí, y a partir de este momento, mi cerebro era ya por mucho, diferente al que fue en etapas anteriores de mi vida, ya no me podía asociar con los que fueron mis amigos de la infancia, inclusive con primos, y otros familiares. El conjunto de experiencias y vivencias me llevaron a caminos y posturas distintas. De esa manera se expresa mi variabilidad cerebral. Mitad de la infancia viví con el lado paterno de mi familia, ellos tenían una iglesia cristiana, donde daban servicio casi todo los días. Desde niño aprendí historias bíblicas, salmos, coros. Presencié actos de fe, gente que decía estar recibiendo la manifestación de Dios, porque hablaba en lenguas. También me di cuenta que se pasaba una charola para recolectar la cooperación, limosna, o generosidad de los asistentes. Cuando aprendí a leer, me tocó experimentar de primera mano los textos de Biblia y en letreros de las paredes. Los cantos y los pasajes bíblicos estimulaban mi imaginación. La probable existencia de un paraíso, y de un castigo eterno era fascinante. Sobre todo por que soólo bastaba el aceptar a “Jesús” en mi corazón para asegurar mi boleto al paraíso. Por otro lado, la familia materna, era la típica familia católica Guadalupana, razón por la cual siempre escuché criticas de una religión contra otra. Todo lo anterior condiciona mi mente de tal forma, que al momento de encontrarme con el libro de Salvador Freixedo “El cristianismo, un mito más”, lo absorbí como la esponja absorbe el agua, durante varios pasajes del libro pedía reflexionar acerca de nuestra fe, y advertía acerca del continuar leyendo. Seguramente muchos lectores así lo hicieron, pero en mi caso era cada vez más necesario seguir leyendo. La variabilidad cerebral se expresó de tal forma que me permitió el conocimiento de nuevos conceptos relacionados con el dogma del cristianismo. Por estos tiempos y gracias a las relaciones de amistad, también llega a mi mente la música y las líricas de un grupo del género “PUNK” llamado Bad Religion, y pareciera que mi cerebro no solamente estaba listo para este material, sino que lo estaba esperando. Estos últimos sucesos moldearon mi mente de tal forma que me convertí en individuo con ideales poco ortodoxos al de los jóvenes, y adultos con los que venia relacionándome. En gran parte estos nuevos ideales, actitudes y posturas me marginaron de algunas amistades y familiares, pero a la vez me abrieron las puertas a otros caminos. Se creó un espacio inevitable entre mi familia y yo, puesto que ya había cambiado demasiado, ya no era el niño noble despreocupado y obediente de sus padres. Todos estos sucesos fueron los detonadores de la madurez (in-madurez) prematura que me permitieron afrontar el embarazo de matrimonio de mi novia en los primeros semestres de la universidad. Fue la variabilidad cerebral la que me permitió hacer frente a esta situación, en la que me puse al frente de una familia de nueva creación, y experimentar el sentimiento de responsabilidad hacia la misma. Fue en este momento que todo el acervo académico, las experiencias con los mentores del bachillerato, mis experiencias en el campo laboral, me dieron las herramientas para ocupar un puesto administrativo en la industria maquiladora de mi ciudad. Ninguna experiencia, o vivencia anterior me preparó para tener en mis brazos a mi primer hijo, a cuidarlo, a darle amor, que prácticamente lo veía como un hermano. Fue quizás mi papel como hermano mayor lo único que me dio el suficiente instinto paternal para no abandonar la difícil tarea de criar a un hijo. Todas estas experiencias, y las que no se mencionan en este texto, siguen propiciando la variabilidad de mi cerebro con respecto a otros cerebros. Aunque hubiera alguien en el mundo que tuviera una experiencia de vida similar a la mía, siempre habrá detalles que harán su cerebro diferente al mío.